
Escritora politique: Jacqueline B. León
“Todas las luchas que se libran dentro del Estado [...] no son sino las formas ilusorias bajo las que se ventilan las luchas reales entre las diversas clases”.
Habría que esclarecer algún antecedente que remita precisamente a la consciencia de la lucha de clases de Marx[1], para después aplicar el tema central de la problemática del aborto clandestino como opción a cierta parte de un sector social.
En el comienzo de la lucha de clases, se data a medida en que se reconoce el trabajo y la retribución como formas de supervivencia para la clase pobre que no conoce más que los estragos de los límites de desenvolvimiento social, y aquella otra clase, que conoce el modo y tiene privilegios que le hacen merecedor de ser un sujeto histórico y primordial: el dinero. El medio funciona aquí como poder androcéntrico, en el que se declara la sociedad meramente patriarcal, ejercida por ese patriarca (hombre blanco y rico) que se divide entre sujetos y objetos de consumo: los propietarios y los productores a quienes asumen de manera servil.
En este caso, el hombre adquiere aquí el papel tal de intérprete, donde la mujer únicamente es reconocida a través de éste, puesto que hasta el poder de su propio cuerpo tiene limitado ejercer; retomando un papel menor que el obrero y esclavo.
En contraste a este panorama, podemos remitirnos a la mujer rica, esposa de un hombre rico, que posee los privilegios por concerniente, claro está, pero aún tomada como lo otro que no puede desenvolverse totalmente libre, sino a saberes de lo servicial que al hombre le puede apetecer. Recae entonces aquí el juego de la doble moral ejercida nuevamente en los que pareciera tratarse de ciertos privilegios.
Cabe mencionar, que el tema del aborto es entre clases, remitiéndonos a las mujeres que carecen de información de sus derechos y al respecto de la opción que pueden ejercer sobre su cuerpo, la clase baja que desconoce, por tanto, pareciera no tener oportunidad: aquel sector pobre y marginado. Hacer visibilidad entonces, de que existe un cierto sector social desinformado, de clase baja, nos conlleva al problema de que existen aquellas que tienen todavía menor oportunidad, bajo condiciones nulas a su salud.
Se trata entonces de aquel sector que no se reconoce como propietario, ni productor y es invisibilizado al consumo patriarcal: la mujer pobre. El constructo de mujer social es menester a la relación de consumo, y como objeto, incapaz de ejercer por sí sola libertad. La clara problemática que se plantea aquí es el aborto, donde a la mujer, aún siendo cuerpo individual, se le inhibe toda clase de libertad ante él, si este no cumple los fines meramente a las satisfacciones patriarcales. Entonces, aún tratándose de la mujer rica, sería todo lo que únicamente el sistema le permitiría ser como consumidor.
El aborto sustrae y contradice radicalmente la idea naturista y judeo-cristiana, así como meramente en fines animales (intuitivos), de que la mujer, como ser potencial de concepción, debe cumplir su papel de madre que le es atribuido por consecuencia y de la que surge su condena.
Negar el derecho al aborto entonces, es negarle a las mujeres el derecho de ejercer libertad sobre su cuerpo, es un problema de salud pública, aumentando el riesgo en aquel sector de mujeres que no tiene la posibilidad económica. Es condena, abuso e inhumano, deslindarle el derecho a las mujeres de decidir sobre sus propios cuerpos y penalizarlo, es exhortar al sector más bajo a su condena total ante ellas y su situación económica, y por tanto moral.
La potencialidad de ser madres o no, por tanto, no debe ser una condena ni un castigo, sino la opción individual de decidir sobre sus cuerpos, siendo resguardadas por un servicio adecuado de salud, para estos grupos más desfavorecidos.
[1] Marx, Carlos, El capital, FCE, México, 2000, 1ª reimpresión.
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